EL
ULTIMO TABERNERO DE ELIZONDO (*)
(Y
otros barrides que dejaron huella)
Lander Santamaría.
En
amistoso y agradecido recuerdo a Pantxo Maisterrena, que nos sirvió tan bien y
tan cumplidamente en aquella su acogedora e inolvidable taberna.
“Los jóvenes de Elizondo, ahora, es que no conocen ni a sus propios
vecinos, ni los nombres de las casas, ni de los lugares, ni nada de nada; y lo
peor del caso es que no les importa lo más mínimo”. Así me hablaba, y no
andaba muy falto de razón, hace tan solo unos días, un buen amigo y cabal
elizondarra. Aunque relativamente joven, forma parte de esa generación
anterior, de los considerados “de la vieja usanza”, que todavía identifican
rápidamente y sin problemas a fulano ‘el de Zaldarriaga’ o a mengano, ‘el
de Agerrea’, como era norma antaño.
No debe resultar extraño, ni rechazable, ese desapego y desentendimiento
de la gente joven por costumbres y formas de convivencia que eran, hasta hace
poco, de uso y consumo habituales entre la población. Que bastante tienen con
cavilar y romperse el meollo sobre cuál será su futuro y aún su presente
inmediato, sobre todo laboral, antes que, por ejemplo, demostrar su conocimiento
sobre si, cuando suenan las campanas de nuestra parroquia, se debe a
convocatoria de batzarre, alarma de incendio o agonía y fallecimiento de un
convecino, cosas que son todas sabidas “de toda la vida” para quienes pasan
ya de los cincuenta.
Así es, para bien o para mal, a salvo de la libre opinión de cada uno.
Más bien para lo segundo, a mi leal saber y entender, signo evidente del tránsito
inevitable de los tiempos y, a lo que parece, de las costumbres. Este pueblo,
aunque siga siendo “el nuestro” por encima de cualquier otra consideración,
hace ya muchas hojas de calendario que dejó de ser aquel Elizondo “de
siempre”. (El “de siempre” para nosotros, y no, claro, para las actuales
generaciones).
El Elizondo del tantas veces añorado Ferrocarril del Bidasoa con aquella
alegres y ruidosas pescateras (recuerdo a dos, La
Lina y La Pepita, dos mujeres infatigables trabajadoras que, por cierto, se
sacaban las pobres un sobresueldo con los primeros cartones de tabaco rubio de
contrabando que se vieron por Elizondo y que escondían en el refajo), de los
autobuses de la Aurrera y de La Baztanesa repletos para acudir a “la Kapera”
de Dantzarinea el lunes de Pentecostés, para hacer fiesta o para comprar un
juego de platos de “duralex” que hicieron furor en un tiempo, ya no es ni
volverá a ser el de antes.
Ni tampoco el de los cines Parroquial y Maitena (¡ay!), de los paseos
nocturnos (y por la mitad de la calle, que ni coches había) cantando canciones
como aquella de “... la araña a la mosca, la mosca a la rana, la rana
cantando debajo del ...¡agua!”, hasta el bar Saskaitz de la familia Polo para
jugar a “la rana” y al billar “de seta”, que era lo que se llevaba antes
de que existiera ese artilugio llamado televisión que nos ha encerrado a todos
en casa.
Ni se parece en nada al de los baños veraniegos “en el chopo”, en el
“pozo de la loca” (¿?) o en el de Barberenea (en Elbete, los dos últimos)
de las cucañas en el puente de Antxitonea, de las primeras fiestas de Txokoto
que inició el entusiasta Fernan Fernández y de las corridas en las plazas de
toros que patrocinó Santiago Esarte, ni el de las clases de guitarra con el
genial Dativo Llona, adelantado, como sabeis, de los programas de control de
natalidad. (Vendía condones). Y tampoco, el de los infantiles juegos de “Tres
navíos en el mar” (y otros tres en busca van) buscando la aventura en todos
los viejos desvanes (que luego nos acusaban de habernos metido ‘en errea’) y
de robar (perdón) fresas en aquellas céntricas huertas de Eraso, ni de tantas
otras cosas. ¡En fín!.
Pero no perdamos la brújula y a lo que ibamos, que no es de estas cosas
de lo que queríamos divagar, sino de las personas que, sin alardes de ningún
tipo, fueron sus protagonistas. En la actualidad, ni chufas de artesanía
podemos saborear, aquel ‘jamón de mono’ exquisito que nos servía nuestro
tan querido, servicial, y todavía tan próximo, Pantxo Maisterrena. Confieso
que, como muchos otros (como todos los elizondarras, creo yo) sentía por él
una verdadera debilidad. “¡Pantxo, no te jubiles, qué va a ser de
nosotros!”, le bromeábamos hasta casi ayer mismo entre las recias paredes del
viejo Basilio, como conocíamos a su establecimiento.
¡Que ‘txoko’ tan romántico y querido, hoy cerrado1
e indiferente al ruido de la calle, para nuestra tristeza y desconsuelo!. Pantxo
se nos fue, metódico y tranquilo, apacible y silencioso, y Elizondo perdió con
él a un testigo, y protagonista amable y humano de un tiempo que se acaba.
Pantxo era, por derecho, el último tabernero de Elizondo. Y con él, se rompió
el molde, como ocurrió antes también con ‘la Nicolasa’, junto a la
iglesia, y con Urbano, allí en ‘el Tubo’, en el Txokoto más recoleto.
Se nos fue Pantxo casi al rendir el año, el 31 de diciembre, según
advirtieron a un elizondarra (Bautista Hernández, ‘Busby’) que acudía a
visitarle: “Tu amigo ha muerto a las diez y media de la mañana”, le
dijeron. Con Pantxo Maisterrena (¡Cuánto te echamos de menos, amigo Pantxo, y
cómo te recordaremos siempre!) se acaba toda una época. Ya no hay tranquila
sentada que valga en aquellos bancos corridos, con los codos apoyados en el
desgastado mostrador de mármol, bebiendo un vino y comiendo unas chufas, cabe
aquella incomparable estantería escalonada de viejas botellas; ahora (¡qué
remedio!) toca pasar de largo, y, el que quiera chufas, las tendrá que comer de
bolsa.
Aún queda (pienso) en la fachada, a la puerta de Casa Basilio, la
argolla huérfana e inactiva en la que los ‘nekazaris’ ataban a las caballerías
que traían desde el caserío, cargadas de alubias, de castañas, de quesos o de
cualquier otro género para vender o intercambiar en el pueblo, en aquellos
mercados de Elizondo que, por cierto, ya tampoco quedan. Ya no veremos más (de
esto hace más tiempo, todavía) aquellas barricas inmensas con todos los miles
de litros de vino del mundo que descargaban del camión Elías y Manolo Lizardi,
por una rampa metálica mediante un ingenioso sistema de manivela, ni el curioso
juego de poleas con las que se introducían y acomodaban en el establecimiento.
Para la anécdota y para el recuerdo queda aquel vino clarete que alguien
bautizó “de la cuerda”, que hizo furor en un tiempo entre los
‘ardozales’ y que, según creo, no tenía otro secreto que el de servirse,
una vez sacado de la barrica, en unas botellas muy aparentes que un día fueron
de Anís Templario, de ancho gollete ocupado por un nudo de cuerda deshilachada,
probablemente olvidado, al que le cupo el honor y la fortuna de dar nombre al
sabroso vinillo.
Y las ‘zardinzarrak’, asadas allí mismo, en la chapa de aquella
estufa de largo tubo de hojalata, que despedían una humareda densa como
chimenea de trasatlántico y sumían casi en tinieblas a todo el local, con su
olor penetrante de sana y salada fritanga que alimentaba al comensal y a todos
los de su alrededor. ¡Qué ratos!.
¿No recordáis aquellas partidas de mus jugadas en el habitáculo del
fondo, cuyos muros un día enriqueció Ismael Fidalgo pintando unos
‘casheros’ que llevaban los ‘txerris’ al mercado?. A limpio envido y a
órdago desafiante, se jugaba el personal una consumiciones que recibían la
extraña denominación de “media y media”, que al profano sonaban a chino y
que no eran otra cosa que “media” pinta de vino (un ‘pintterdi’ en el
euskera autóctono y familiar) y “media” ración de chufas o de unas
aceitunas incomparables, que ni en el más feraz olivar andaluz las había
mejores que las que vendía Pantxo.
Bajaban los ‘nekazaris’ los domingos y fiestas “de guardar” desde sus caseríos, protegidos sus pies con un calzado de segunda o de tercera que llamaban ‘kautzus’, definición particular, sencilla y expresiva de unas botas de agua que eran de goma, de ahí lo de ‘kautzus’, que supongo es vocablo que procede de “caucho”. El caso es que llegaban vestidos sus pies con cualquier cosa, y una vez llegados “donde Pantxo” se ponían el calzado “de vestir” en la misma taberna-tienda, que era un lugar conocido, familiar y de confianza, para entrar bien ternes, limpios y presentables, y bien ‘txintxos’ en la iglesia.
Otro Pantxo (y más gente)
Y de la misma forma que ocurre con Pantxo Maisterrena, los recuerdos
fluyen y se suceden, con otros elizondarras igualmente queridos e inolvidables.
La voz recia y potente de otro Pantxo (Pantxo Oyaregui, ‘Tellagorri’),
precursor y maestro entusiasta de los primeros “ochos” de soka-tira que
salieron de Elizondo, que se llevó un día a una cuadrilla de chavales a unos
campeonatos (Juegos rurales vasco-navarros, me parece que se llamaban) a
Pamplona, y les prohibía que utilizaran el ascensor porque subir por las
escaleras servía de y era mejor entrenamiento.
Le recuerdo a Pantxo ‘Tellagorri’ de regreso con sus vacas al caer
alguna calurosa tarde de verano desde “las piezas”, con una vara de avellano
larga y flexible apoyada en su nuca y abarcando toda la envergadura de sus
brazos, y su alegría y ruidoso temperamento de gente sana y simpática, abierto
a todos y con todos conversador amable. Y aún, haciendo punto, cosa que en mi
niñez me llamaba mucho la atención porque desconocía entonces que era práctica
común entre los pastores, aprovechando el tiempo mientras pastaba el ganado,
con unas gruesas agujas de madera quizás fabricadas a mano.
Y de uno de sus íntimos, Juan Mari Ballarena, ‘Txoporro’, con su
risa alegre y contagiosa, que tocaba como nadie la guitarra en las más
inesperadas ocasiones para acompañar las más sentimentales y melodiosas
rancheras que Baztán nunca pudo escuchar (“... Borrachita me voy”), de las
que disponía con sus amigos de un repertorio inagotable, o de canciones satíricas
(“... la peseta enferma, ¿quién la sanara?”), como se ve igualmente válida
y de rabiosa actualidad ahora mismo, y que también hablaba de “la máquina
(de coser) Singer” y de muchas otras cosas simpáticas.
Y de Gregorio Marín, inolvidable ‘Goyo’ o ‘Gregor’ que le llamábamos
apenas anteayer, árbitro de la elegancia elizondarra y auténtico
‘play-boy’ local, uno de los primeros elizondarras que viajó y conoció
medio mundo sólo por el gusto de hacerlo. Fue alumno del Colegio de Lekaroz
aventajado (aspecto suyo que no es muy conocido) y privado, uno de los pocos
(contados) que aceptó el eximio capuchino, eminente musicólogo y folklorista
padre José Antonio Donostía, que le enseñó a tocar ese violín que su
hermana Ana Mari recuerda y pinta tan a menudo en sus cuadros.
Hombre de mundo como pocos, de cultura amplia y profunda, sus
conocimientos abarcaban letras y ciencias por igual, conversador ameno, poeta íntimo
e interesante. Excelente y cerebral jugador de ajedrez, excepcional matemático,
y dotado de sorprendente y germánica constancia que le permitió, donde otros
se rinden, hacerse con unos conocimientos de la lengua vasca más que
suficientes para mantener fluida conversación. Se empeñó en aprender euskera
y lo consiguió. Curiosa y llamativa personalidad, asumió con recio
temperamento la dura prueba de verse postrado, pero jamás reducido ni rendido,
a la silla de ruedas que le llevó un accidente. Era, como suele decirse, todo
un tipo.
También en tiempos recientes se nos marchó Eusebio Urrutia, “el médico
de Elizondo”, como era sobradamente y bien conocido. Don Eusebio, así le llamábamos
casi todos, era un médico “de los de pueblo”, pero con unos conocimientos y
un dominio de los recovecos de su profesión auténticamente superlativo. Le
recuerdo en su despacho, sentado a la sombra del Doctor Balda --don Guillermo,
otro entrañable “médico de Elizondo”—obra del pintor Javier Ciga, en
aquel vetusto Hospital de San Martín, como se llamaba al edificio, hoy
modernizado, cómodo y funcional, que conocemos en la actualidad por “el
Centro de Salud”.
Médico “de pueblo”, de los de antes, que lo mismo tenían que
desplazarse en plena noche a algún alejado caserío que pasar visitas a
domicilio, que atender consultas interminables. De los de 24 horas sobre 24, ni
más ni menos. Don Eusebio era un hombre que gozaba de un bien ganado prestigio
en su profesión, y al que se reconocía poseer un “ojo clínico” infalible.
Pocas veces se equivocaba en un diagnóstico y bien que lo sabían en Pamplona,
cuando les enviaba algún caso que necesitara atención especializada.
Y era un experto cazador y pescador, amén de un excepcional pelotari de
trinquete. Defendía la red, en el Trinquete Antxitonea, con una entrega y una
eficacia absolutas, aguantando los envenenados pelotazos que, como disparos de
fusil, le intentaban colar los Maximino Galarregui, Joaquín Garmendia, Joaquín
Leiza ‘Chachín’, y otros. En un gesto que era muy suyo y característico,
todavía le veo ajustarse las gafas sobre la nariz al finalizar un tanto
particularmente competido y después aguantar a pie firme, clavado junto a los
postes del ‘tambor’, arqueado y metido en la red de cintura arriba, antes de
permitir que le metieran una pelota. En lo que yo le conocí, era insuperable
defendiendo la red, jugándose el físico si hacía falta. Vistió la camiseta
de fútbol del Club Deportivo Baztán, y muy bien según cuentan, pues no llegué
a conocer ni disfrutar de esta faceta suya.
Y cruzando el río, se aventura uno en Txokoto y buscando camino de la
casi olvidada fuente de Erlategi recuerda a otro elizondarra incomparable.
Sinforoso Etxeberria, familiarmente conocido por ‘Xinfo’, dotado de un
gracejo irresistible y autonombrado miembro de la nobleza, cuando él mismo se
decía “Marqués de Villaquesos”, y “caballero español”. ¡Qué buena
gente era ‘Xinfo’!. Un poco pelma a veces, diréis, pero pacífico y cariñoso
como ninguno a fin de cuentas. Pienso que, con especial acierto, el vecindario
de Txokoto le consideró, poco antes de su muerte, merecedor de disparar el
chupinazo de las fiestas del barrio, lo que hizo con agradecimiento y exactitud.
Apenas hace un par de meses, sin salir de Txokoto y para terminar, que ya
es tiempo, se nos despidió Bonifacio Ciáurriz, ‘Boni’, hombre de sonrisa
perpetua, también uno de los últimos elizondarras, por no decir el último,
expertos conocedores y maestros en una profesión, la de cantero, que es artesanía
y es arte muy nuestro y popular, y que hoy, misterios de la vida, nadie sabe cómo
ni porqué, está en desuso, de capacaída y en pleno trance de desaparición.
Con ‘Boni’, se cierra también la historia profesional de los Ciáurriz en
este campo, una familia de reconocidos y prestigiosos canteros, gente que sabe
acariciar y hacer hablar a la piedra, pero de su obra importante, fecunda y
valiosa, queda toda una estela impresionante en la heráldica lapidaria (armarria)
baztandarra.
¡Pues vaya!, es posible que penséis. Ninguno de estos, que se sepa,
alcanzó gloria ni fama por sus méritos que les hiciera acreedores yo qué sé,
quizás a dar nombre a una calle o a un rincón del pueblo. Es posible, pero
tampoco nadie podrá negar así como así que fueron gente que dieron color
entrañable y calor de pueblo, de cosa nuestra, sencilla y familiar a este
Elizondo que ya parece ‘Guasintón’, que ya tiene sobre su piel clavados semáforos
y pasos “de cebra” pintados en el asfalto. “Yo no quiero que Elizondo se
haga más grande”, me decía un niño hace poco (como con los mayores por su
experiencia, hay que hablar mucho con los niños, que son los que más cosas
saben) con esa inocencia pero al tiempo con esa sabiduría de quien capta que
las cosas más queridas se difuminan y olvidan con la distancia.
A los escribidores y emborronacuartillas lo que nos ocurre, casi seguro,
es que también el tiempo se nos escapa de las manos, se hace mayor la
perspectiva del pasado, le prestamos más atención y, puestos a comparar, todo
cuanto quedó atrás se nos hace mejor. Ya se sabe, gramática parda pero
indiscutible, que “la juventud es una enfermedad que se cura con los años”.
Será por eso, porque se nos escapó con y como el tiempo, que otra explicación
no hay, ni queremos ni nos importa, que gente como la que recordamos aquí se
nos hace tan querida, tan entrañable y tan significativamente elizondarra. Y
les estoy agradecido por ello.
(1)
Se
encontraba en el bajo de la casa Andresenea o Lazkozenea, en el mismo lugar que
hoy ocupa la nueva pastelería Malkorra.
(*)
Nota del autor: Este texto se publicó en el Programa Oficial de Fiestas de
Elizondo de 1994, con más erratas (perdonamos
por perdamos) faltas de ortografía (embergadura
por envergadura, grazejo
por gracejo, mienbro por miembro, heran
por eran) ajenas a mí persona de las que cometí y hubiera querido, a causa de
las prisas de imprenta y de la imposibilidad de corregir las pruebas previas a
la impresión. Se publica hoy corregido, y algo aumentado (no diremos ya
mejorado) por si fuera para alguien de interés, y en humilde homenaje a
aquellos elizondarras buenos amigos.
Cualquier consulta sobre el sitio web dirijase a Alejandro Arizkun: pagina@elizondo-baztan.com