ELIZONDO
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Final de invierno en el Baztán
LA VANGUARDIA - 23/02/2002
Sabatinas intempestivas

GREGORIO MORÁN

Elizondo es uno de esos pueblos de tránsito construidos en torno a una carretera que lleva a la frontera. Hacia el paso de Danchirenea. En Navarra, en la barriga del Valle del Baztán, Elizondo tiene un empaque de villa antigua con gente bragada y dura y edificios de señorío donde se nota, a ojeada de viajero, que no se asentaron aquí los ricos muy ricos ni los pobres muy pobres, pero que se hicieron fortunas y hubo humildes de solemnidad tras perderlo todo en el juego o la aventura; en pasiones amorosas no es probable. No creo que las mujeres hayan logrado arruinar  a nadie en este pueblo; más bien lo contrario. Es fácil detectarlo por una evidencia: no hay señora por estos lugares que no se haya dejado media vida trabajando.

Tiene cosas Elizondo que me gustan. Se huele la frontera y siempre he
sentido especial inclinación hacia los lugares fronterizos, quizá por eso de bordear los límites. Luego se ve el monte, o los montes en este caso, y eso impide la diferenciación artificiosa entre lo urbano y el campo, si uno se echa a andar por la carretera o por alguna calleja, la última casa es el mojón provisional que delimita el pueblo. También es absolutamente bilingüe, sin la más mínima agresividad o pendencia; hablan el idioma que les peta sin otra preocupación que hacerse entender. El suave euskera de la zona entre los suyos y castellano de zortziko con el que no lo usa; un castellano vistoso, bailable, de timbre alto y finales sincopados, como preguntas que no necesitan respuesta. Son gente de campo por más que lleven décadas en el comercio, la industria o los servicios; el monte lo tienen diluido en la sangre. Medularmente vascos, que no por nada todo el invento, se puede asegurar, empezó en Navarra.

Las casas de Elizondo, las antiguas, exhiben aspecto de solidez, a medio camino entre el viejo caserío ancestral y el palacio de señores. Tiene un río que en general la gente conoce como el Bidasoa pero que allí se llama Baztán. Tabernas numerosas, pero no ocupan la vía principal, hay que dar un quiebro, como si se tratara de un asunto para paisanos oculto a los transeúntes. Del pasado quedan tres cosas importantes. La primera, lahuella del carlismo. La segunda, el peso de la vecindad fronteriza, y por tanto sustrato permanente de míticos contrabandistas -¿se han fijado ustedes en que nuestras literaturas de frontera, la catalana, la vasca y la gallega, salvo esta última quizá, apenas si tiene historias del contrabando?; un ejercicio, pues, que enriqueció a esas tierras y apenas nada a la literatura. Y por último, el "Txuri eta Beltza", un pieza gastronómica que merecería un análisis aunque en su sencilla traducción de "blanco y negro" ya se plasma algo sorprendente en la cocina de Occidente; un plato nada vegetariano, sino estrictamente carnívoro, donde se juega magistralmente con los dos colores y una gama curiosa de sabores.

Con la caza en veda echarse al monte en esta época resulta mágico. Parece
como si los pájaros hubieran sido advertidos por la Consejería o elDepartamento competente sobre la ausencia de riesgo para poder volar y posarse y cantar y exhibir trinos. En el camino hacia Peña Plata -Atxuri en vasco-, los prados conservan una textura especial sólo comparable a aquellas alfombras antiguas, que hoy tratan de imitar las moquetas, por donde caminar era sentir los pasos. Unos caballos salvajes, "pottoka", parecen ejemplares abandonados por algún circo que no podía ya cargar con ellos, y no es verdad; llevan allí siglos, dicen, y son pequeños como ponis y anchos como yeguas. Ni miran ni se asustan, como hechos a todo.¡Si no habrán visto pasar contrabandistas en las situaciones más
inverosímiles para sorprenderse de gentes vulgares como postes del camino!

Al monte hay que ir con gente que sabe. Los que no tuvimos abuelos siempre
soñamos con marchar por el campo con una persona sabia, sencillamente sabia, que te diga esto es un haya, aquél un roble, aquello un olmo, ¡ay!,moribundo. La sabiduría consiste en saber lo que uno necesita cuando es menester. Así me enteré de que aquella hermosura que salpicaba un regato, abierto en canalillos que derrochaban agua con una alegría irresistible sobre el silencio umbroso, aquellas puntas blancas, eran narcisos. Narcisos silvestres para quien sólo sabe, y poco, como es mi caso, de macetas. Efímeros narcisos que durarán dos días si las heladas no los mochan antes. Cuando era adolescente odiaba las macetas. Me parecía una ruindad pretender meter a la naturaleza en un cubo. Pero la edad 
ablanda y uno va bajando de ambiciones. Recuerdo lo mucho que me impresionó, hace ya años, una antigua película alemana, de esas que se veían en París y con aguacero, en la que Rosa Luxemburgo, la febril revolucionaria, pedía en su cárcel una maceta, que no la concedían, y debía conformarse con un 
vaso de peltre y una flor seca. La edad nos vuelve miserablemente realistas; o la
maceta o nada.

Lo confieso: no conocía el alerce, el árbol de los pintores y los ingenieros; servía igual para hacer la más codiciada trementina que presas hidráulicas, pero con toda seguridad, si lo vuelvo a ver, no podré distinguirlo y lucirme ante mis hijos, con ese tono de abuelo sabio que bien me gustaría tener: ¡he ahí un alerce! Me quedaré con esa cara de bobo que se nos pone cuando no sabemos y nos falta desvergüenza para decir cualquier cosa. Pero alguien que sí sabe aseguró que eran alerces. Un árbol hermoso en su precariedad invernal, con sus ramas exultantes de brotes verdecinos, como diciendo "mañana salgo". La naturaleza tiene el privilegio de sorprendernos siempre.

Y en frente, Peña Plata. Dicen que allí perdieron la última batalla los carlistas, al borde exacto de la línea fronteriza con Francia, acabando así la tercera guerra, la que llevó a Don Carlos, el maloliente, con sus problemas de venéreas y de aseo, a despedirse para siempre. ¿Y no hay un historiador que nos haga, al fin, una biografía digna de tal nombre sobre ese personaje que tanto condicionó nuestra historia? No, de momento sigue sin haberlo. Hasta alcanzar la visión completa de la roca pelada que domina Peña Plata hay que pasar antes por otros símbolos.

La senda asfaltada que conduce hacia los contornos de Peña Plata es obra de los batallones de penados del primer franquismo. Ellos hicieron estas pistas que usaron los contrabandistas hasta anteayer. Una red de caminos por mal decir forestales donde apenas se cruzan ya hayedos y  castañares, mucho rastrojo, que iban a servir de enlace para uno de los proyectos militares menos conocidos de posguerra, la denominada "Línea Pérez". Los nidos de ametralladora, artillería ligera y puestos de observación que Franco ideó ante una hipotética invasión de los aliados tras la derrota nazi. La Línea Pérez. El nombre lo dice todo.

Pasados los bloques de ladrillo macizo y poca ferralla -humo de paja hubiera sido, sospecho, esta línea Maginot frente al enemigo- hay más huellas del pasado. Varios círculos de crómlech prehistóricos, con sus piedras silueteadas en redondeles perfectos, e incluso un dolmen, conservado hoy como puesto para cazar la paloma en espera o para cercar  al jabalí; lo sospecho por la evidencia que delatan montones de cartuchos ya usados, y escondida, con cierto rubor, una botella vacía de excelente Rioja. Este país no hace pausas ni en el gozo.

Bajando ya, en el cruce Oronoz-Mugairi, echándose la noche y chispeando nieve, un control de la Guardia Civil vuelve a la realidad e interrumpe las ensoñaciones. Vivimos donde vivimos y no donde soñamos. Confieso que al menos me rejuvenecí en treinta años. La gente ha cambiado, el régimen también, las costumbres bastante, los ánimos no digamos, pero la Benemérita se mostró como antaño. Un control con perro olfateador incluido. Documentación. Consulta. Obligación de salir a la intemperie, a varios metros del vehículo que "un número" -¿quién sería el filósofo que les puso ese nombre?- va registrando, a la luz de una linterna enorme. Cuando observo que ha abierto una maleta por su cuenta y que está inspeccionando unos papeles, me acerco y me incrimina, obligándome a volver a la pared. Todo es de dudosa legalidad e irreprimiblemente arbitrario. Algo así como decir, si yo estoy de guardia, no vas a estar tú contento y disfrutando del paisaje. Tres personas, ninguna menor de cincuenta años, se están sintiendo al menos rejuvenecidas al tiempo que humilladas por el simple hecho de ser considerados sospechosos por un guardia civil joven y arrogante. No tienen arreglo, llevan el tricornio en el alma.

Final del invierno en el valle del Baztán; allí donde el paisaje no impide ver la realidad, por más que la realidad empañe en ocasiones el paisaje.

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